Tengo que superar esto de una vez, no puedo estar eternamente en esta situación. Estaba en casa, sentada en mi pequeño despacho frente al ordenador, intentaba poner un poco de orden a mis ideas. Marta había pasado varias veces a ver que estaba haciendo, la ultima con la excusa de traerme un vaso de leche. Al final, aburrida de esperarme se había ido a dormir. Cada día me costaba mas irme a la cama. Al principio era por los remordimientos por mi aventura con Carol. Ahora una vez pasado el tiempo y colocado todo en su sitio me daba cuenta que lo que sentía por Carol no había sido mas que deseo, pero no amor.
Bien, el asunto había terminado definitivamente, Carol se había cansado de enviarme mensajes al móvil sin encontrar respuesta alguna, y yo casi lo había superado todo, todo salvo la mezcla de desilusión, culpa y amargura que se quedaba en mi animo y que pesaba como una losa. Sentía que mi vida era un constante fracaso, había fracasado en todo y especialmente había fracasado con Marta. Ahora ya no me quedaba mucho mas que hacer salvo, seguir respirando y sobrevivir como fuera.
Lance un sordo suspiro, me dolía la cabeza, y tenia el cuello rígido, me lleve la mano a él para masajearlo mientras encendía el ordenador. En seguida se abrió el programa de mensajera y apareció un mensaje de Esther que me mandaba besos y me decía frases de ánimo. No tuve mas remedio que esbozar una sonrisa. Ya quisiera yo tener la fe y la fuerza de voluntad de Esther, ella y Ana habían conseguido salir del pozo negro en que se encontraban, apoyándose la una en la otra, pero claro no era mi caso, pensé, Esther no tiene que librar la misma batalla que yo.
La agenda electrónica zumbó y me mando el aviso de la próxima cita: en casa de Lucia sábado, a las 6. Había hecho la promesa de ir para intentar hablar con Alicia, pero ahora en la soledad de mi pequeño despacho, únicamente iluminado con la lamparita verde de sobremesa, me arrepentía de mi ofrecimiento, debería haber sido mas cauta, de sobra me daba cuenta que lo mejor era no volver a verla.
Quería ayudar a Alicia, claro que deseaba poder ayudarla, lo hacia encantada y si con ello lograba ayudar a Lucia, pues mejor, pero me daba miedo encontrarme de nuevo con ella, todavía sentía el beso recibido. Instintivamente toqué con la yema de los dedos la comisura de mis labios como si a través de ese simple gesto pudiera volver a sentir su calor, cerré los ojos y de nuevo me recorrió el mismo escalofrío. ¡¡¡Dios mío, otra vez no!!, pensé con desesperación.
Bueno, que no me domine el pánico, no pasa nada. No tiene porque pasar nada, Patricia, solo tienes que ir, charlar con Alicia y luego te vas como si nada, ni siquiera para tí tiene que ser tan difícil.
Pues no, no tendría que ser tan difícil pero lo cierto es que me pase toda la mañana del sábado pensando en la cita.
A las 5,55 de la tarde estaba llamando al timbre de la puerta de la casa de Lucia y Alicia, en un bonito barrio madrileño. Se encontraba en un edificio de los antiguos, con balcones de reja y cristaleras emplomadas. El ascensor, también de época estaba decorado con cristales de colores y grandes espejos que le daban a la cabina un aire antiguo como de los años 20.
Se abrió la puerta y apareció Lucia. En cuanto la ví se me borro la falsa sonrisa que tanto había ensayado en el espejo del baño de mi casa.
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